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CRÓNICA DE UNA MAÑANA QUE TODAVÍA NO ACABA. 15 MINUTOS.

Jueves 5 de marzo del 2020.


Me levanté temprano a checar el WhatsApp, anoche ya tarde experimenté un momento de luz y tuve que cazuelearselo al recipiendario de mis locuras digitales, así que además de la mala noche en la que dormí por pequeños tramos, mi deseo era ver la respuesta de mi ingenioso amigo… nada. Prendí la tele, para no verla, bebí mi habitual vaso de agua y me dirigí al encuentro con la liberación y la información, al baño con mi iPad dónde veo los periódicos… nada. Preocupado abrí la aplicación para medir la velocidad de la red e incrédulo constaté lo que ya sospechaba, no había internet, estoico procedí con calma a ver las noticias de ayer y a apresurarme a llamar al call center de mi servicio de internet, con quienes recientemente he tenido diferencias mercantiles más que nada por qué febrero es un mes sin día 30 y eso me descontrola; la respuesta fue la de siempre, intermitencia en el servicio en mi zona, ni modo.

Con cierta nostalgia procedí a buscar unos cables de audio y video, esas reliquias tricolores que conectaban los dispositivos de reproducción a la tv, para poder echar a andar mi video casetera con dvd que compré en abonos hace 16 años, no sin antes buscar la serie de Los Kennedy, para echarme un capítulo en mi sesión de ejercicio… nada, no pude encontrar el control remoto y mi amada esposa, amorosa y comprensiva como es, me invitó a resistir para que en otro momento, más propicio para ella, me buscara el aparatejo.

Para ese momento la angustia por tener WhatsApp crecía, tenía un compromiso con un amigo al que hace días quería ver y presentía que podría escribirme para confirmar o cancelar, quería también pedirle algo a un compañero de oficina y desde luego leer la respuesta a mi idea, sin embargo pensé que después del ejercicio podría usar el internet del celular de Oli y procedí a buscar mi lista de reproducción para ejercitarme en mi iPhone y… nada. Resulta que es una lista que está en la nube, por lo que tuve que acudir a las canciones descargadas en el dispositivo y como también he tenido fuertes diferencias con el sistema capitalista del señor de los teléfonos, pues mi teléfono inteligente sin 4G y sin wifi, se vuelve tan limitado como una fiesta en ley seca, tuve que hacer mis intervalos de hoy durante 40 minutos con música country, de Alberto Cortéz y Facundo Cabral, la del pato de Natalia LaFourcade, Kabah, AC/DC, Javiera Mena y Flans, he de reconocer que fue refrescante y revelador hacer ejercicio sin ver la tele o escuchar la misma música que uso desde hace 10 años para ese fin.

Al llegar al lugar de mi desayuno por fin, y de manera muy eficiente, mi smartphone se conectó a la red y recibí mis ansiados WhatsApp’s, particularmente enterándome que mi querido vecino llegaría unos minutos tarde, en ese momento reparé en que en tan solo 2 horas me había angustiado lo que en otras generaciones se angustiaban en días o semanas y comencé a escribir este texto mientras llegaba mi cita.

Han pasado ya 48 horas y con inmensa tranquilidad, después de una mañana movida que concluyó muy gratamente, a pesar de tantas angustias, escribo por fin mi reflexión: ¿de qué nos sirve tanta tecnología si no podemos relajarnos?

El fin último de la vida no es vivir tranquilo, pero si creo que una de nuestras prioridades debe ser preocuparnos menos y ocuparnos más, ser muy precisos y objetivos en hacer bien lo que nos toca y confiar en que cada quien hará su parte, así, las cosas por las que todos somos responsables, terminarán por resolverse, de otro modo seguirá pasando lo que dice Bergoglio, “dónde nadie es culpable, todos somos culpables”.

Nos preocupamos mucho por arreglar el mundo pero no reciclamos, acumulamos cualquier cantidad de cosas que ya no usamos, desperdiciamos el agua, no limpiamos lo que usamos, no cuidamos nuestras huellas hídrica y de carbono y, por Dios santo, cada vez podemos vivir menos sin estar conectados.

Cada generación ha sido esclava de sus propios avances, los humanos del siglo 20 no nos parecemos mucho a los del 18 y menos a los del 15, pero también comenzamos a diferir de los del 21; lo entiendo, pero es momento de pensar ¿a qué ritmo queremos vivir?

Yo por lo pronto, continúo admirando el desdén que mi Oli adorada tiene por el tiempo, con citas a las 9 y a las 10 sigue en casa a las 8:59, entre citas desea ir a 15 km de distancia y desayunar con su mamá, para después dar una clase, hacer de comer y volver a sus actividades, manifestando con profunda convicción que todo queda y a todos lados llega en 15 minutos. Bendita sea.

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