Sin categoría

MI VIEJO ESCRITORIO.

Me lo regaló mi papá, supongo que también era para mis hermanos, pero con el pretexto de mejorar en la escuela (nunca lo hice) me lo “agencié”; sustituyó a una mesita rústica de la que ya no recuerdo el destino, pero ha ocupado distintos espacios en todas las casas donde he vivido, siempre junto a una ventana, casi siempre con la luz natural a la izquierda, mi viejo escritorio cumple 30 años y está es su historia.

Fui fabricado en México, me pusieron a la venta en un centro comercial en Toluca que se llamaba Garcés, un domingo, un joven papá y 2 de sus hijos, un adolescente de 12 o 13 años y un pequeñito de 3 me compraron. De inmediato supe que ese hombre era buen padre, cariñoso y sacrificado, me imaginó acompañando a sus hijos haciendo sus tareas, con el tiempo descubrí que al papá le gustaban los muebles de trabajo y oficina y con mucho esfuerzo había montado varias de ellas; me sentí orgulloso de ser parte del menaje de ese hogar.

Creo que Gustavo, el adolescente se apropió de mi desde el principio, mi primer lugar en la casa de la familia Vázquez fue en la esquina izquierda de la recámara de los 3 niños, el que no fue a comprarme aquel domingo era el de en medio, Manuel, Santiago y Gustavo, pronto me volví parte de sus vidas, con prontitud Gus me puso una lámpara y cuanta cosa de oficina podía, una máquina de escribir, tarjetero y un sacapuntas eléctrico rojo.

En la misma casa y en distintas épocas estuve en otras 2 habitaciones, tengo grandes recuerdos de mis niños, crecieron mucho, fui parte de sus juegos, cómplice silencioso de sus cartas de amor, de sus lecturas, de sus gustos y de sus sufrimientos, particularmente Gus venía a mi cuando estaba ansioso, cuando pensaba que era muy tarde y alguien no llegaba, creo que me fui ganando su cariño y confianza porque desde niño guarda en mi cosas bien importantes, de hecho tiene una superstición, que tiene que ver con mis cajones.

Cuando la familia se mudó, fui directo a la recámara de Gus, me dio un lugar hermoso en el que pasé más de 8 años, desde ahí veíamos el volcán y fue en mi, donde sus amigos Jorge, los mochis, Jesús y Rodrigo lo ayudaban a estudiar, terminamos la prepa con algo de trabajo pero lo logramos, de repente me sentía solo, ya los niños no jugaban conmigo y Gus pasaba mas tiempo en otros lugares de la casa, creo que fue una etapa difícil para mi, porque no tuve computadora ni Internet, pero siempre fui el lugar favorito de estudio para los exámenes y para guardar las cosas más importantes.

La vida pasó muy rápido, Gustavo comenzó a trabajar en 2002 y al poco tiempo me puso encima una computadora, a partir del 2003, se sentaba todos los días en mi para conectarse a Internet y sincronizar su Palm, para ese momento ya éramos expertos en tecnología, escuchábamos mucha música y escribíamos mucho, sobre todo a la novia, que después se convirtió en mi principal usuaria, pero esa es otra historia.

Llegó el momento de mudarnos, Gus se fue unos meses antes, jamas le reproché, sabía que tendría que volver por mi, ¿dónde más iba a guardar lo importante? Volvimos entonces a mi primer casa, me volví contador, abogado, docente, archivero, uff, llegó mi época más prolífica, escribíamos discursos, trabajos y fuimos muy felices; incluso cuando volvimos a estar solos, Gus venía mucho a escribir, recuerdo que se relajaba viendo noticias y “Mario netas”, le encantaba hacer versiones en formato pequeño de sus películas para verlas en su iPod.

Hace 10 años que tengo una nueva familia, de un día para otro Gustavo trajo una pequeña que revolucionó nuestra existencia, le encantaba pasar tiempo en el despacho, con su pá y conmigo, aprendió a usar rápido la computadora y durante algunos años fui su espacio ideal para las tareas, ya no, pero siempre viene a mi, porque repito, aquí siempre está lo importante, lo necesario.

No les voy a mentir, he tenido miedo, cada mudanza Oliva busca el modo de deshacerse de mi, pero creo que, junto al viejo futón y el espantoso baúl rústico, ha tenido que resignarse a convivir con nosotros y las historias que representamos, porque los muebles somos solo eso mientras estamos exhibidos, pero cuando alguien nos adquiere, nuestra existencia cobra sentido, así como la de Gustavo cuando comenzó a escribir o conoció a Valentina, en los años recientes mi dueño, que no me compró pero se quedó conmigo, y yo, hemos pasado mucho tiempo juntos, incluso durante una época estuve en su recámara, nos ocupábamos de monitorear su salud y mientras nos daban las horas, se sostenía en mi para resolver sopas de letras.

El martes pasado concluyó una etapa que jamás había vivido, mi muchacho jamás se había esmerado tanto por prepararse para algo, pasó meses con libros y libros sobre mi, escribiendo, repitiendo como loro y transmitiendo un sentimiento muy extraño, una mezcla de angustia y entusiasmo, que me recordó una época antigua en la que yo solo era un pedazo de madera y la vida, apenas comenzaba.

PD. Por disposición olivial soy el único mueble de la casa en el que no son necesarios los portavasos. 🙄

Estándar