Sin categoría

AÑOS DE PERROS.

maky

La mascota por excelencia, el mejor amigo del hombre, protagonista de pintura, escultura, literatura, cine y televisión, sujeto de nuestro afecto y, en años recientes, hasta miembro de la familia. El perro es, sin duda, el segundo habitante del planeta, la fiel y eterna compañía.

Por mi vida han pasado muchos cuadrúpedos inolvidables, entrañables y queridos, todo comenzó con Sultán, un pastor alemán al que recuerdo muy negro y que vivió con nosotros apenas cuando yo tenía 2 años. Querido y temido, el perro se me paró de patas y a partir de ahí viví años de miedo, de terror, Sultán dejó la casa porque la convivencia era imposible y hasta la juventud, siempre tuve miedo a los perros, quien lo sufra o lo haya tenido me entenderá, es realmente una sensación que recorre el cuerpo, que nubla los sentidos y que, en grados extremos puede ser grave.

Muchas veces fui reprendido por ese miedo, sufrí incontables ocasiones cada que íbamos a una casa con perro, cuando tenía que pasar en la calle junto a uno, incluso fui perseguido por algunos que, afortunadamente, jamas me mordieron.

En esos años, hubo un solo perrito que ademas de no tenerle miedo, se ganó mi cariño y mi admiración, El Chiquis, era un perrito callejero en Almoloya del Río, que fue adoptado por mis abuelos Don Job y Doña Mary y que pronto se convirtió en la mascota de mis primos Abraham, Miguel y Marco, así como en la compañía pastora de mi tío Gollo (qepd). El Chiquis, mediano, flaco, comía sobras y acompañaba diario a mis primos a la escuela, también a tiempo iba por ellos a la salida y los encaminaba a casa, caminaba con mi abuelo en la entrega de las fotos y acompañaba a mi tío Gollo en las labores del corral y la magueyera, era un perro leal e inteligente, como Rintin, el perro de mi papá cuando fue niño y del que siempre nos contaba; por si fuera poco, los domingos El Chiquis nos cuidaba del Popeye, el perro bravo que temíamos encontrarnos al final de la bajada en la que nos divertíamos jugando mis primos, mis hermanos y yo. Perrazo.

En la navidad de 1994, un nuevo pastor alemán llegó a nuestra familia, un amigo de mi papá se lo obsequió y ante la inminente mudanza a una casa que requeriría de cierta presencia canina, “El Oso” fue bien recibido, acogido y querido, gracias a él y a su “estirpe” perdí el miedo a los perros. Era un perro juguetón, que vivía con una familia que no sabía tener perro, nunca mis hermanos y yo tuvimos una obligación con su cuidado o limpieza, pero cuando el patio o el jardín eran nuestro campo de juego “El Oso” era el cuarto hermano; tenemos la teoría de que se volvió un poco loco después de ser golpeado por un carro en la cabeza, pues después de eso comenzó a perseguirse la cola todo el tiempo, por alguna razón siempre tenia puesta su correa que era de cadena, y entre sus volteretas y la cadena, vaya golpazos que nos propinó a muchos. Oso fue el primer morador de la nueva casa, convivió con los albañiles y corrió, nadó en un estanque y fue feliz en aquel terreno, los días que lo visitábamos solía ponerse triste y acostarse en nuestro regazo, por primera vez vi llorar a un perro; ya juntos nuevamente, tuvo una esposa, Nala y muchos hijos, no recuerdo cuantos, pero eran muchos pastores alemán, que pronto pasaron a cero, pues un descuido durante unas vacaciones nos dejó sin mascotas.

en aquella época llegó Milo, otro regalo, era un salchicha adorable, se volteaba de panza a la menor provocación y no dejaba que nadie se aproximara a la casa, lo quisimos entrañablemente, pero murió pronto.

Milo segundo llegó a finales de 2003, en mi cumpleaños, mi papá se lo regaló a Santiago y durante toda su vida guardó una conexión mística con mi hermano, Milo segundo nos dió a Fiona que hoy, ya viejecita, sigue poniéndose de panza y haciendo desatinar a los perros más grandes, como si el tamaño le ayudara.

En octubre de 1998, llegó a la casa de mis papás otro pastor alemán, Kino, de criadero, fino y muy bonito pero chaparrón, fue entrenado junto con Junior y Rufo, labrador y pastor inglés, en obediencia y seguridad. En 2004, cuando tenía casi 6 años y estaba ciertamente abandonado y descuidado, Kino vino a vivir conmigo, ya para ese momento yo me había emancipado y estaba a meses de casarme, pero en un viaje a un curso, fui víctima de robo y mis papás con preocupación me pidieron adoptar al perrazo. Sobre Kino he escrito bastante, hoy basta con decir que a través de él, descubrí la conexión con los animales y cuando se fue, sufrí mucho y ni siquiera averiguar su paradero me dio paz, creo que por el contrario. Fue el mejor perro del mundo. Pinche Kino.

En agosto del 2014, justo cuando le iba proponer matrimonio a Oli, planee suavizar la noticia para Vale, no porque fuera mala, al contrario, cuando en algún momento le avisamos nuestra decisión la pequeña me abrazó de inmediato, aferrándose como diciendo, conste eh. Así pues, regalarle una mascota era ayudarla a entusiasmarse con la nueva familia y (según yo), para que aprendiera a tener responsabilidades (jajaja a la fecha sigue renegando de ellas). Fue así como llegó Boly, una Lhasa Apso que es poco menos que mi otra hija, esos perros que viven dentro de la casa y que viajan contigo y que duermen contigo, desarrollan perronalidad y la de Boly es padrísima, es mi compañera cinéfila, si bien no vamos al cine si vemos muchas películas y series juntos, es mediadora en los pleitos maritales, cariñosa y solidaria y a través de ella, Oli, Vale y yo, fuimos testigos de la belleza de la naturaleza, pues fue madre de 7 cachorros -6 vivos-  a los que alumbró y cuidó como si fuera experta.

De esos 6 cachorrillos, Chubaca se fue con Candy, mi comadre, la mamá de Frod, el papá -tremendo garañón, le bastaron unos minutos para preñar a mi pobre princesa tibetana- Gynzu se fue con la mamá de mi Charly Varela, pues meses antes había perdido a su querida mascota, Mily, la fifí, se fue con mi mamá que siempre ha querido a sus perros pero jamás como a esta peluda; Sumer y Suomy se fueron con la familia de Oli y la tremenda Maky se quedó con nosotros a vestir santos.

Los perros viven mucho menos que los humanos, dicen que su primer año es equivalente a los primeros 15 nuestros y después van de 9 a 4 con diferentes variaciones dependiendo el tamaño o la raza. Yo tengo mi propia teoría, y es que los perros viven menos porque aprenden más rápido y no pierden el tiempo en cosas que los humanos si, por ejemplo, los humanos guardamos rencor mucho tiempo, a veces de por vida, si amamos a alguien nos cuesta trabajo expresarlo, tardamos lustros en descubrir lo que nos gusta, duramos años trabajando para poder tener un patrimonio y finalmente, cometemos el mismo error muchas veces, locura pura, diría Einstein.

Pero los perros no, no guardan rencores, te aman de inmediato, no mienten, no son falsos, pronto en la vida descubren que su vocación somos los humanos y se abocan a nosotros sin importar como los tratemos, resuelvan pronto el futuro porque no tienen que trabajar, simplemente se dedican a vivir y por todo ello, los humanos necesitamos muchos más años para descifrar lo que nuestros peludos amigos resuelven casi al nacer.

Estándar