Sin categoría

PUBLICUS ERGO SUM

Kierkegaard, Sartre, Nietzsche, Shopenhauer o Simone Beauvoir, hubieran escrito sus tratados filosóficos al rededor de este principio, “publico, entonces existo”, en alguno de los extremos de la filosofía existencialista se hubieran ubicado el like de Facebook, el corazón de Instagram o el retweet. En la cantidad de reacciones estaría la intensidad de la existencia y en la nula respuesta, la afirmación sobre la duda del ser.

Nada de lo que compartimos en nuestras redes sociales escapa al deseo de nuestro ego por tener cada vez más likes o seguidores, pensamos constantemente en volvernos virales o, cómo el caso de las mamás y las tías, comparten todo cuanto puedan para evitar remordimientos posteriores, una continuación del famoso “sobre advertencia no hay engaño” o “no digas que no te lo dije”, que tanto disfrutan decir las mamás.

Mensajes cifrados, alertas, gritos de auxilio, ofrecimientos tácitos o consentimientos expresos, nuestras redes sociales muestran lo mejor de nuestra peor parte, esa que no sabe, quiere o puede vivir en el anonimato, tras la discreta y confortable línea de lo privado.

Hoy, gracias a nosotros mismos, sabemos dónde estamos, cuánto ejercicio hacemos, qué comemos, lo mucho que han crecido nuestros hijos, lo comprometidos que estamos con GOT, lo fuerte que es nuestro matrimonio, mostramos nuestras preferencias políticas y, en extremos publicamos hasta cuándo le damos de comer a los migrantes o a los perros callejeros. Mostramos una mejor versión de nosotros, editada, resumida y retocada.

Eso ha dado paso a un malévolo uso de nuestros propios datos, publicados en espacios virtuales que no son nuestros y por los que ni siquiera pagamos, lo que nos hace presas, del micro targeting por ejemplo, que le brinda a cualquiera que lo sepa usar y si pague, la oportunidad de ubicarnos y proporcionarnos información prácticamente individual que, sin saberlo, esta diseñada para dominar nuestras emociones, las elecciones en el mundo dan cuenta de ello.

Comencé a usar FB en el 2009, recuerdo que, sin razones serias, durante semanas nos dedicamos a saturar nuestras listas de invitaciones y recomendaciones para tener más “amigos” fue un encargo laboral y una consigna personal, a la distancia, me da risa y hasta un poco de pena, por ello quise enmendar mi error y después de tan sólo 10 años de tantísimas publicaciones, decidí eliminar contactos y quedarme con solo los amigos reales.

Películas y series futuristas, aunque hay que reconocer que el futuro ya no es lo que era, muestran una sociedad conectada, desconectada, seres humanos, cada vez menos humanos, idealizados en avatares, modificados con orejas y lengua de perro o de oso, condenados a vivir en un sub mundo digital.

Hoy, publicar en las redes sociales no solo es una muestra de existencia sino la existencia misma, lamentablemente,

cada vez más breve, simple y sin sentido, hemos comenzado a deteriorar la existencia como la conocíamos porque a la par de lo que se vive momento a momento, esta nuestra ansiedad por documentarlo con una foto, un video o un post.

Por el lado positivo de las redes, están los grupos, esos que nos acercan a los lejanos, a los similares, a los empáticos, los de whatsapp que nos unen a los amigos, la familia o los compañeros de trabajo, sacrificando desde luego, un poco de nuestra atención en dónde estamos físicamente.

No son moda, las redes están aquí para quedarse, forman parte de nuestras vidas y por tanto adquieren ya los matices de todo lo que es humanizado, buenas y malas, útiles o inútiles,inocuas o peligrosas, benéficas o malignas, son ya, materia incluso de estudios antropológicos, psicológicos, sociales y políticos.

Y al final, me dará mucho gusto ver las estadísticas de lectura de este hakuna, porque así, sentiré que existo.

Estándar