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LA PERMANENCIA DE LO TEMPORAL

jueves, 29 de junio de 2017

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LAS REGLAS DE ORO 2. “NO CONFUNDIR LO SUPUESTO CON LO AVERIGUADO” FELICIDADES Y GRACIAS PAPÁ

Serie dedicada a las reglas de oro de la política del Doctor Gustavo Baz Prada.

(Publicado el 16 de junio de 2012)

En mi mediana infancia conocí al Doctor Baz, ya había tenido contacto con el, pero ciertamente tuve conciencia de quien se trataba hasta unos años después, recuerdo que era un señor muy grande, mi papá lo refería como su maestro y me platicaba un montón de cosas de el: que fue gobernador muy joven, que hizo más de 10,000 apendicectomías, que por una de ellas le cobro  unos cuantos dólares más a una señora rica que se fue a Houston a que la operara el mismo Doctor que la operaría en México, que se levantaba a las 5 de la mañana, se daba un baño de agua fría y hacia mucho ejercicio.
En algunas ocasiones, Manolin y yo, acompañamos a mi papá a la casa de Baz o a su club, en donde desayunábamos muy sabroso y al final, se juntaba un dinerito entre todos y se pasaba el cubilete de mano en mano – éramos muchos – hasta que al final quedaban 2 y se jugaban el albur a un dado. Cierto día de diciembre, recién había pasado mi cumpleaños y estando próximo el de mi mamá, llegué a la final del cubilete habiendo librado un par de “pachucas” de las que me sacaron dos desafortunados más adelante en la mesa, cuando me tocó girar el dado, nubladamente recuerdo que gané aunque en realidad no sabía y finalmente aunque todos querían que el premio fuera para mí, mi papá decidió que debía dividirse entre el señor que llegó a la final y yo, que me quedé desconcertado.
Como si tuviera lumbre, en cuanto pude, me fui a comprar un “transformer” y un paquete de bolsitas de “krankys” de ricolino que fueron el regalo de cumpleaños de mi mamá, todo lo hice sin pedir autorización pues asumí que se trataba de mi dinero y que podía usarlo como mejor me pareciera; vaya como me fue mal esa noche cuando mi papá se enteró que había dilapidado aquellos pesotes en esas frivolidades, me sentí mal, como si hubiera hecho algo malo, aunque en realidad gran parte de mis recuerdos reprimidos tienen que ver con sentimientos parecidos.
En política, “no confundir lo supuesto con lo averiguado”, se refiere a grandes rasgos, a que la información es poder, siempre y cuando esté confirmada y sea entonces momento de compartirla con quienes debemos y en el momento que debemos (de esa otra regla hablamos después), además, de que nunca será igual de valioso aquello que conocemos por experiencia propia que lo que pensamos pasa o puede pasar en “x” o “y” circunstancia, finalmente, tiene que ver con el “hubiera”, que dicho sea de paso tanto en la política como en la vida no sirve para nada… ¿qué hubiera pasado si México le ganara a Alemania aquel partido de 1998?, ¿qué hubiera pasado si en lugar de comprar el mono y los chocolates le preguntara a mi papá que hacer?
Aprendí con los años, que no puedo asumir cosas si no tengo la experiencia suficiente como para darlas por hecho, incluso he de corroborar casi metódicamente cada cosa, cada hecho antes de darlo por sentado. Se ha convertido en un proceso mental y moral muy rápido que ejercito todos los días, antes de mandar un mensaje, de escribir una nota, de comenzar un hakuna, verifico la veracidad y el contenido, ya no se diga la valía de mi información, pero sobre todo busco el modo más asertivo de comunicarlo, todo eso lo aprendí al siempre dudar que en realidad gané aquella vez en el cubilete y al mantener la incógnita de porqué mi papá se molestó cuando vio que me había gastado aquella lana.
Dicho sea de paso, durante mucho tiempo me negué a apostar, no jugaba ni a las canicas y aunque mi infancia guarda recuerdos memorables de las largas jugadas de dominó, jamás volví a jugar por dinero, digamos que quede ciscado. Fue apenas hace unos años, que mi papá me ayudó, casi de manera karmática a poder jugarme aunque sea unos pesillos de vez en cuando, al transmitirme la filosofía de un amigo suyo: “el dinero del juego, es del juego”, así, tan simple y tan fácil lo que me gano en el juego, que viene de ese gusto por desprenderme de algo para jugarlo a la suerte, lo tengo que dejar en el juego, bueno casi siempre, con algunas quinielas he invitado a mis novias a comer y con uno que otro pai gow poker favorable me he comprado un gustillo o dos.
En fin, aquellas dudas, aquellas incertidumbres que te dan el saber si hiciste bien o hiciste mal, no pueden mantenerte martirizado o aislado de la realidad, por eso más vale averiguar las razones de esos sentimientos y definitivamente estar seguros de lo que suponiendo nos atormenta.
A MI PAPÁ.
Tengo tanto que agradecerle que no puedo reprocharle nada, porque aunque quisiera, cada cosa tiene una justificación y al paso del tiempo es plenamente entendida, todo, desde sus abrazos, sus llamadas de atención, sus cinturones, sus sacrificios, sus confesiones, su silencio, su comprensión, su apoyo, su cariño, su gusto de vernos contentos, su satisfacción de hacernos felices, de darnos lo que él no tuvo, tantas cosas, que decir gracias es aunque poca cosa, dicho desde el fondo de mi corazón.
Nadie nos quiere como nuestro padre y tampoco a nadie podemos querer igual que a un padre y supongo que igual que a un hijo, el amor de padre me ha dado fortaleza, seguridad y temple, mismos valores que les deseo a quienes por alguna razón no tienen o no tuvieron papá y mismos que uso para reprocharle a aquellos que siendo benditos de ser padres se condenan al no ejercer ese vínculo como se debe y como lo necesitan sus hijos.
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PUBLICUS ERGO SUM

Kierkegaard, Sartre, Nietzsche, Shopenhauer o Simone Beauvoir, hubieran escrito sus tratados filosóficos al rededor de este principio, “publico, entonces existo”, en alguno de los extremos de la filosofía existencialista se hubieran ubicado el like de Facebook, el corazón de Instagram o el retweet. En la cantidad de reacciones estaría la intensidad de la existencia y en la nula respuesta, la afirmación sobre la duda del ser.

Nada de lo que compartimos en nuestras redes sociales escapa al deseo de nuestro ego por tener cada vez más likes o seguidores, pensamos constantemente en volvernos virales o, cómo el caso de las mamás y las tías, comparten todo cuanto puedan para evitar remordimientos posteriores, una continuación del famoso “sobre advertencia no hay engaño” o “no digas que no te lo dije”, que tanto disfrutan decir las mamás.

Mensajes cifrados, alertas, gritos de auxilio, ofrecimientos tácitos o consentimientos expresos, nuestras redes sociales muestran lo mejor de nuestra peor parte, esa que no sabe, quiere o puede vivir en el anonimato, tras la discreta y confortable línea de lo privado.

Hoy, gracias a nosotros mismos, sabemos dónde estamos, cuánto ejercicio hacemos, qué comemos, lo mucho que han crecido nuestros hijos, lo comprometidos que estamos con GOT, lo fuerte que es nuestro matrimonio, mostramos nuestras preferencias políticas y, en extremos publicamos hasta cuándo le damos de comer a los migrantes o a los perros callejeros. Mostramos una mejor versión de nosotros, editada, resumida y retocada.

Eso ha dado paso a un malévolo uso de nuestros propios datos, publicados en espacios virtuales que no son nuestros y por los que ni siquiera pagamos, lo que nos hace presas, del micro targeting por ejemplo, que le brinda a cualquiera que lo sepa usar y si pague, la oportunidad de ubicarnos y proporcionarnos información prácticamente individual que, sin saberlo, esta diseñada para dominar nuestras emociones, las elecciones en el mundo dan cuenta de ello.

Comencé a usar FB en el 2009, recuerdo que, sin razones serias, durante semanas nos dedicamos a saturar nuestras listas de invitaciones y recomendaciones para tener más “amigos” fue un encargo laboral y una consigna personal, a la distancia, me da risa y hasta un poco de pena, por ello quise enmendar mi error y después de tan sólo 10 años de tantísimas publicaciones, decidí eliminar contactos y quedarme con solo los amigos reales.

Películas y series futuristas, aunque hay que reconocer que el futuro ya no es lo que era, muestran una sociedad conectada, desconectada, seres humanos, cada vez menos humanos, idealizados en avatares, modificados con orejas y lengua de perro o de oso, condenados a vivir en un sub mundo digital.

Hoy, publicar en las redes sociales no solo es una muestra de existencia sino la existencia misma, lamentablemente,

cada vez más breve, simple y sin sentido, hemos comenzado a deteriorar la existencia como la conocíamos porque a la par de lo que se vive momento a momento, esta nuestra ansiedad por documentarlo con una foto, un video o un post.

Por el lado positivo de las redes, están los grupos, esos que nos acercan a los lejanos, a los similares, a los empáticos, los de whatsapp que nos unen a los amigos, la familia o los compañeros de trabajo, sacrificando desde luego, un poco de nuestra atención en dónde estamos físicamente.

No son moda, las redes están aquí para quedarse, forman parte de nuestras vidas y por tanto adquieren ya los matices de todo lo que es humanizado, buenas y malas, útiles o inútiles,inocuas o peligrosas, benéficas o malignas, son ya, materia incluso de estudios antropológicos, psicológicos, sociales y políticos.

Y al final, me dará mucho gusto ver las estadísticas de lectura de este hakuna, porque así, sentiré que existo.

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